miércoles, 8 de agosto de 2012

Fuimos a repudiar el apagón


Pocas cosas me gustan tanto como viajar con amigos/as que además son compañeros. Yo me fui hace unas semanas al aniversario número 36 del Apagón de Ledesma, a la marcha número 29. Una marcha masiva, emocionante, bastante dolorosa, y este año con algo de felicidad: comenzó el juicio en el que, vamos a luchar por eso hasta las últimas consecuencias, probablemente se impute y -con un poco más de suerte- se encarcele al genocida Blaquier. 

Entonces ahí estaban los espacios, las madres, los hijos, los familiares de víctimas de ayer y de hoy. Estaban las organizaciones, los grupos de arte, los partidos. Es una marcha amplia, es una marcha unificadora si se quiere. Bienvenidos los chicos de La Cámpora por primera vez después de 29 años a esta marcha, sólo me pregunto qué fue lo que hizo que no vinieran antes.

No pueden decirse muchas cosas nuevas de los espacios de militancia jujeños, tienen sus vicios, sus historias, sus códigos. Tienen sus violencias, no voy a decir que no, pero yo al kirchnerista lo critico por kirchnerista y, si al fin y al cabo La Cámpora desalojó a los Qom, no me atrevo a decir que la Tupac Amaru es más violenta. Es bastante injusta, eso sí.

Nos recibió una doña que se llama Juana en una fundación que era más bien una casa grande en la que todos los años reciben compañeros que van a la marcha del apagón. Juana es bastante cariñosa y tiene carita de tristeza porque perdió a un hijo. 
La noche antes de la marcha anduvo dando vueltas por las calles de Libertador General San Martín un camión que llevaba a la barra brava del club del pueblo, contratada por Blaquier para amedrentar a los, como decía el noticiero, “foráneos militantes antimineros”. El camión pasó por la puerta de la fundación y los pibes nos gritaron algunas cosas feas y nos escupieron. A la mañana apareció tirado en una vereda un compañero que estaba apedreado y le tuvieron que hacer 10 puntos: había salido sólo de noche y se la agarraron con él.

Pero mientras los barras recorrían el pueblo, “lagente” abrazaba simbólicamente a la fábrica de la empresa Ledesma para proteger su puesto de trabajo, defender a Blaquier y echar a los porteños vendepatria de Jujuy. Digamos que la cosa anduvo bastante tensa. Había rumores de un intento de bloqueo de la histórica marcha, que por supuesto no sucedió, porque es multitudinaria por definición.

La mañana siguiente, antes de la marcha, se hizo un acto organizado por el Centro de Acción Popular Olga Márquez de Arédez – Derechos Humanos (CAPOMA - DDHH), y por supuesto en él participaron las madres. Yo pensé, qué inocente, que estaban ahí para mostrar su adhesión a la marcha que no caminarían porque son viejitas, pero ya vamos a llegar a esa parte. Decía que en el acto hablaron muchas madrecitas, pero a mí dos de ellas me conmovieron hasta la médula. La colorada hermosa Elia Espen, ella habló del proyecto X. ¿Usted sabe que Elia Espen, MADRE DE PLAZA DE MAYO, está incluida en las investigaciones del proyecto X? Bueno, sí. Y Elia dijo todo bien clarito “no me callé con la dictadura, ¿ustedes realmente creen que me van a callar ahora?”.

Después habló la otra que me toca el corazón con la mano, que por supuesto es Nora Cortiñas. Ella dijo una cantidad de cosas que no tiene sentido reproducir, porque es obvio que no le van a generar nada a quien las lea: la tienen que escuchar. Pero como siempre poniendo la nota, dijo algo muy simpático: “la gente dice que Ledesma se va a ir del país, que se van a quedar sin trabajo, que van a cerrar la fábrica… pero ¿qué van a hacer? ¿se van a llevar la tierra sembrada? Los que tienen esos miedos me dan pena, tienen que escuchar un poco más”.

Nada, después de eso comimos algo y partimos hacia la salida de la marcha en Calilegua. El micro de ATE no nos llevó porque, según nos contó el chofer, le metieron tierra en el tanque de nafta, yo no creo en las casualidades, hombre. La marcha, multitudinaria por definición, estaba –contra mi predicción de que las madres no marcharían- encabezada por madres. Madres, familiares, hijos, familiares de Luciano, en ese orden. Y yo me iba a cada ratito a ver si Nora y Elia todavía estaban adelante. Algunas de las veces que me acerqué vi cómo las madrecitas muy mayores se subían a algún auto porque estaban muy cansadas o insoladas, pero Nora y Elia marcharon los ocho kilómetros, qué emoción.

Todo lo otro que les pueda contar, es de importancia secundaria, y lo ya contado también. Porque volcar ese hecho histórico y trasmitir el calor en el pecho que se siente formando parte de él, es imposible. Pero bueno, les acerco un pedacito.

jueves, 19 de julio de 2012

De los despojos y las responsabilidades

Defiendo a muerte eso que dice mi mamá (veo que cito mucho a mi mamá, tendré que darle a leer mis textos) que dice Borges sobre el instante preciso de la vida en que uno vendría a descubrir quién es y a ser eso para siempre. Porque si no, no hay explicación para mi 2009. En esos momentos es cuando hay que tomarse el atrevimiento de la decisión, y tener el coraje para sostenerla, porque si no se es una mentira. Y ser una mentira es algo muy grave.
También me gusta eso que me dijo mi mamá sobre el texto que escribí de Estela y ella: “Me hace muy bien pensar que a lo mejor tu sed de justicia tiene que ver con que escuchaste desde mi panza el reencuentro con Estela”. Porque si no ¿con qué tendría que ver? Fíjese que escuchar eso desde la panza no es ninguna pavada. Así que, a lo mejor, a ese instante que yo ubico físicamente en el 2009,  lo viví antes de nacer, en ese reencuentro.
Esas madres del dolor nos dicen que “gracias a sus padres por prestarnos a esos chicos”, que “gracias por levantar sus despojos”, que “gracias por no conocer a sus hijos y luchar por ellos”. No es que me esté tirando flores: más bien diría que nuestros padres nos llevaron a eso, por buenos o por malos; que jamás conocí los despojos de esas madres, porque desde que su vida se transformó en una tristeza nostálgica y contradictoria, ellas se volvieron más enteras que nunca y se eternizaron involuntariamente en nosotros, no hay despojos que levantar; que a sus hijos los conocimos, porque los teníamos a la vuelta de la esquina y tenemos que asumir la responsabilidad de no escucharlos a tiempo, más que la de luchar por ellos ahora.
Pero vale aclarar que había algo en nosotros (hablo de mí y de otros que me matarían si los nombro) antes de ese 2009, que nos llevó con tanta firmeza por ese ancho camino en el que somos tan poquitos, y que deja lugares para algunos oportunistas que vienen a decirse compañeros. Yo ubico ese “había algo” en el reencuentro de mi mamá y Estela que escuché desde la panza, porque no lo sé explicar, y si estaba en la panza, se justifica que no sepa.
Diría que el reencuentro sembró en mí una sed de justicia en potencia, latente, que se podía sentir en el cuerpo pero nada ni nadie era capaz de canalizarla. Y que en el 2009 se puso en práctica, después de gestarse por años de intentos fallidos de liberarse, y que (como la mismísima mente) tiene rincones desconocidos, que se van desprendiendo del cuerpo a medida que nacen otros, hasta el día en que me muera. Así, definitivamente siempre habrá cosas que ajusticiar, pero ya encontramos con quiénes, esos quienes que nunca se convierten en despojos.
¿Es más o menos eso lo que dicen mi mamá y Borges? No creo, pero mi mamá se va a poner contenta de ser la musa inspiradora de este texto.

domingo, 8 de julio de 2012

Sobre el desconocimiento. Como elección.



Las personas tenemos, en lo más profundo de la intimidad, conocimientos que elegimos no racionalizar. Alguna vez hablaba con una amiga de esas incomodidades que una borra del pensamiento inclusive antes de elegir que pasen por él, pero pasan. Yo me niego incomodidades por miedo a ser la única que las siente, por miedo a no generar consenso. Y cuando otro las manifiesta, siento alivio.
El desconocimiento que se elige no es lo mismo que la ignorancia. El desconocimiento que se elige, no puede ignorarse. Todo lo contrario, si elegimos desconocer algo que conocemos, ese algo nos termina atormentando: no se puede ignorar. Es algo así como el pase a la clandestinidad de los conocimientos. De lo que se sabe que pasa, y se sabe que se sabe, y se opta por no saber.
El hecho de que yo sea miedosa no es, aunque no me crean, factor determinante para decir lo que sigue. Yo creo que aquel que elige desconocer incomodidades por inseguridades propias, sin perjudicar a nadie más que a sí mismo es, de alguna forma, inimputable. Claro, debe cambiar.
Pero hay otro motivo por el que elegir el desconocimiento, y es muy perverso. Cuando el curso de los hechos genera dudas, confusiones e incertidumbres, intentar desenmarañarlas suele tener algún grado de peligrosidad. Cuando se elige desconocer porque quien desconoce no puede ser condenado por no denunciar, cuando se elige desconocer para no denunciar, es imperdonable. Y ese tipo de desconocimiento tampoco es igual a la ignorancia. Porque esa atrocidad, que no incomoda lo suficiente como para imponerse, también atormenta. Pero esa atrocidad no denunciada, nos atormenta a todos, y por eso elegir desconocerla es tan cruel que no tiene nombre.

lunes, 18 de junio de 2012

Matías Bernhardt presente


Hoy, una vez más, nos quisieron hacer creer, nos quisieron recordar que somos la peor basura. Que somos la basura que junta enfermedades, bichos, ratas e impunidades. La basura que aleja a los seres humanos. Nos dijeron en la cara que nos habían avisado, que no es su culpa. Que había señales, síntomas, hechos concretos que daban cuenta de lo que somos. Que no pretendiéramos otra cosa.

Nos volvieron a escupir, nos escribieron el destino una y otra vez. Con lápiz, marcador e indeleble. Nos dijeron que para ser hay que tener, y para tener hay que ser otros. Y dejar de ser los otros. Nos dijeron que a este paso nos seguirán acribillando. Porque ese es nuestro destino. Ser acribillados o vivir sin justicia.

Nos recordaron que somos la misma mierda de siempre, que nunca dejamos de serlo. Nos recordaron que ni en el gobierno más consensuado de la historia nosotros participábamos. Nos recordaron que en este forro gobierno participan otros, unos a los que hace 9 años les gustó la chapita progre, y supieron a quién votar. Otros creyeron que era lo mejor para nosotros, pero no nos consultaron. Y a nosotros nos dijeron que no hay chapita que usar. Hasta que comemos el culatazo. O el tiro en la nuca, como Matías Bernhardt.

Y como Matías era pura basura, ahí está, sin vida y sin justicia. Y como Luciano era pura basura, ahí está, sin aparecer y sin justicia. Nosotros, los vivos, somos más basura.

Como los asesinos no son basura, como no son ratas ni insectos, como no transmiten enfermedades, como no tienen mocos, como no alejan a otros seres humanos, como no escribieron su destino (al menos no con indeleble), como los asesinos pueden tener sin ser otros, porque los asesinos no son los otros, como los asesinos… es que hoy los absolvieron. Estrellita para ellos. Recordatorio para nosotros, o para los otros.

Hoy nos dijeron que no hay bandera que aguante nuestro dolor. Que no hay piel de cuero que soporte los golpes. Que no hay ojos que puedan llorar tanto, ni manos que puedan tantear en medio de tanta oscuridad. No hay lugar en este siniestro mundo en el que podamos refugiarnos. No podemos vivir, ni siquiera podemos vivir a la defensiva.

Pero nosotros bien sabemos que el indeleble se borra con alcohol y algodón. Y si no podemos vivir a la defensiva, habrá que salir a ofender.

domingo, 17 de junio de 2012

Acá hablo sobre dos personas que se encuentran, en un tiempo y un espacio particularmente determinados


Hay detalles de este relato (fechas, lugares, diálogos) que fueron narrados como los recuerda quien me los contó y, tal vez, no como sucedieron exactamente.


Había una vez Graciela. Graciela tenía 24 años y era una bibliotecaria estudiante de teología. Ella creía en la teología de la liberación como medio para estar con los de abajo, para luchar con los de abajo. Graciela vivía en Isidro Casanova y tenía rulos y pecas. Hacía un laburo comunitario con el padre Roberto Musante (hoy vive en Angola) en el Barrio Conet: formaba parte del Grupo Juvenil del Patronato.

Roberto Musante es quien una nochebuena de 1979 o de 1980, lee al grupo una carta de una amiga de él que estaba presa en la cárcel de Devoto. En la cárcel de Devoto estaba presa Estela. De Estela sé muy poco. De Estela sé menos que de Graciela. Sé que tenía alrededor de 10 años más que Graciela, o sea, unos 34. Estela era militante, era amiga de Roberto y estaba presa. En la cárcel de Devoto. A decir verdad, en esa época, Graciela también sabía poco de Estela.

Entonces, como estaba presa, Estela, en sus cartas, se refería a la capilla cuando hablaba de “la zapatería”, y a Roberto le decía tío. No sabemos muy bien si es Roberto quien quería que todo ese pequeño grupito le escribiera algo lindo a Estela para hacerla sentir mejor, o Estela, desesperada por el encierro, se lo pidió de forma implícita. No importa. Entonces cada integrante le dictaba algo a Roberto, porque en la carta sólo podía aparecer una letra. Graciela a Estela prefería contarle cuentos. Porque Graciela bien sabía que Estela, en la cárcel, iba al cine con sus amigas.

Ellas iban a “la ranchada”, donde tomaban mate. Raspaban los paquetes de yerba y con la parte verde se sombreaban los ojos y con la parte roja se pintaban los labios. Se maquillaban con la pintura de los paquetes de yerba. Se sentaban en ronda y se contaban películas: iban al cine. Entonces Graciela le contaba a Estela unos cuentos muy lindos, para que los comentara con sus compañeras presas entre mates y maquillajes.

Graciela dice que a veces pasaban seis meses entre carta y carta, cosas de la comunicación, de la dictadura y de la prisión.

En el año 1982, no sabemos en qué fecha exacta (ni sabemos a ciencia cierta que sea el 82), Estela sale de la cárcel. En ese tiempo (un poco antes o un poco después) la congregación de curas Salesianos manda a vivir a Roberto Musante a Puerto Deseado (Santa Cruz). Graciela se contacta con Roberto sólo por cartas, y su encuentro con Estela nunca se concreta. Graciela sólo se entera que Estela se casó, y se pone contenta. Había algo que las unía, y eso que las unía era tan fuerte que ni siquiera se esforzaron por concretar un encuentro: no lo necesitaban.

Si la historia terminara ahí, sería muy linda. Pero es algo distinto que linda, es algo más que linda.

En 1991, a sus 35 años, Graciela empieza a trabajar como bibliotecaria en el ISFD nº56, en Laferrere. Y, fíjese usted, se pone muy compinche con una tal Estela, una profesora de lengua del mismo profesorado. Una compañera muy simpática que la solía alcanzar hasta cerca de la casa, porque salían del trabajo a las 23hs, y Graciela siempre fue chiquitita, petisita y aparentemente frágil, pero nada que ver.

Un día, ya en 1992, Graciela se embaraza y su compañera, la profesora, la simpática, Estela, la empieza a alcanzar hasta la puerta de la casa con su Taunus verde. Entonces, una vez se dicen algo parecido a esto:

Estela: -Algún día te tengo que contar una historia, yo conozco este barrio hace muchos años. El barrio Conet. Conozco al padre Roberto Musante.
Graciela: -¡Yo también lo conozco! Gran amigo, y gran persona.
Estela: -Yo estuve presa en la dictadura. Roberto y un grupo de jóvenes de una capilla de por acá me escribían cartas. Me sacaban del calvario de la cárcel por ratos, me ayudaron a sobrevivir, me enseñaron a salir…

Claro. Estela hablaba y Graciela, con la panza ahí, no podía explicar todo lo que se le representaba: no tenía palabras. Pero se lo dice. Que ella era a veces la prima fulanita, a veces la abuela menganita, a veces la tía sultanita. Que ella le contaba cuentos, que ella la quería a su manera. Que supo que se casó. Estela y Graciela lloraron como locas y se rieron como locas durante un rato, un rato largo, con el auto en la puerta de la casa de Graciela y las balizas prendidas.

Hay algo, algo que pasó desde ese momento. Estela y Graciela no lo saben explicar. Menos lo voy a saber explicar yo. Es algo que excede todos los sentimientos, es algo para lo que el cuerpo y el intelecto quedan chicos. Es su vínculo. Así como dije, ellas no se desvivieron por conocerse cuando Estela estuvo libre, no lo necesitaban. Ellas sabían que sólo bastaba una cosa para volver a cruzarse: esa cosa era seguir creyendo que otro mundo era posible, y seguir luchando por él.

Estela se deshizo de las cartas para no comprometer al cura Roberto Musante. El cura Roberto Musante se deshizo de las cartas porque así es él, así de desinteresado, así de guardar las historias en su corazón.

Y es así. Hay cosas que no hay que guardar materializadas. Porque el esfuerzo de recordarlas sin que nada nos las recuerde, es mejor. Porque contarlas a los hijos como una de las huellas más preciadas que tenemos es mejor. Y que los hijos las reproduzcan con el corazón estremecido es mejor que guardarlas en una caja.


Y como la hija de Graciela soy yo, acá estoy con el corazón estremecido.

miércoles, 9 de mayo de 2012

La vida de los pobres

Resulta que el otro día volvía de la facultad en el 180 y vi algo muy RARO al costado de la autopista: había una casilla sostenida bajo la estructura de un puente para peatones (o sea ALTERANDO el paso de los mismos) y -me indigné mucho- al costadito tenía una antena de Directv ¿Cómo una casilla como esa -en la que seguramente se pasa un frío padre- puede tener una antena de Directv? Es evidente que los pobres no tienen idea de cómo se manejan las cosas en este mundo. Está bien, yo tengo Directv, pero mi casa es decente, no paso frío y seguramente es cara: yo sí tengo derecho. Si yo gasto la mitad de mi sueldo en un teléfono, está bien, porque con la mitad que me queda me alcanza para comer y vivir ¿se entiende?

Además, me pregunto cuál es la necesidad de hacerse una casilla ahí, en el medio de la autopista. Yo no tengo casa propia y no hago eso: porque me la voy a ganar con esfuerzo. Voy a vivir esforzándome en la casa de mis padres hasta que mi sueldo me permita otra cosa. Y mientras, ellos también me van a pagar la comida ¿por qué los pobres no hacen eso? Si todos tenemos padres.

Por ejemplo, si durante un promedio de 10 (DIEZ) años vivieran en esa pocilga y mientras estudiaran una carrera universitaria en una universidad PÚBLICA Y GRATUITA, se convertirían en profesionales y serían automáticamente millonarios. Ni yo ni nadie de los que conozco lo hace, pero porque no tenemos la necesidad. Si la tuviésemos, lo haríamos, no somos tan idiotas. Les donan ropa y no la lavan nunca, así no dura. Ni que se sufriera tanto fregando con 0º en una casillita insalubre y fría, yo no entiendo. Yo no lo hago porque tengo agua caliente, si no, no tendría problema. Mi tataratatara abuela lo hizo toda su vida y no se quejó nunca ¿entonces?

Y tienen a los animales durmiendo como si fueran personas, no es que ellos duerman como animales.

Por otra parte, me pregunto por qué esta chica que violaron se queja tanto. Yo más bien creo que hay dos posibilidades: o la violaron y se lo merecía por las fotos que se sacaba, o no la violaron y mintió por las fotos que se sacaba. Es normal que pase cualquiera de las dos. Y con la música que escuchaba... yo me sé los temas de los wachiturros pero porque los escucho a veces nomás, para bailar o eso, pero estos negros lo escuchan como si fuera música. No escuchan música clásica, yo tampoco, pero la entiendo, ellos no. Eso es ser pobre con el corazón. Igual, escucho música clásica una vez por año y tengo un montón de discos en la compu, de los wachiturros un par de temas nomás.

Ni siquiera tienen documentos, yo no entiendo por qué no se hacen los documentos ¿cuánto salen?¿30 pesos más el viaje? Que no coman un día y vayan a hacérselos, vagos. Si les gusta comer de la basura, eso hacen siempre, una vez más no les va a hacer nada. Otro problemita que tienen, ¿qué les cuesta abrir la bolsa de basura, sacar la "comida", volver a guardar la mugre y dejar la bolsa cerrada como antes?

No entiendo. No entiendo la vida de los pobres.

domingo, 6 de mayo de 2012

Aclarando el panorama

Una pasa por momentos en los que se replantea quién es, en todos los sentidos. Cosa parecida a una crisis, pero no es del todo eso. Es una revisión de algunos principios, simbolismos, prioridades, afectos, definiciones, caracterizaciones, dificultades, virtudes, tácticas y estrategias que componen todo lo que somos.

Es preguntarse y responderse por cada una de esas cosas y encontrar la forma de que convivan juntas en un mar de contradicciones. Porque bien sabemos que vivir es eso, es la discusión misma, es una relación dialéctica entre los miles de factores que nos componen.

Este momento, este 'punto de inflexión', es también la búsqueda de nuevos elementos que sirvan para hacernos mejores, más 'acabadxs'.

Este momento no avisa cuando llega, tampoco hay base teórica que permita abordarlo. Se trata más bien de una sucesión de señales de alerta, que puede ser una sola si tenemos suerte y lo percibimos a tiempo, pero que casi nunca es una sola. Señales diversas que son cada vez más intensas. Pero hay personas que las reciben durante años y no se replantean nada.

¿Qué implica todo esto? Implica recordarse a una misma para qué hace lo que hace, por qué está con quien está, qué hizo de un tiempo a esta parte para cambiar lo que está mal, qué piensa hacer de ahora en más, para qué sirven los aportes en tal lugar, por qué dejar aquello, por qué retomar lo otro, por qué empezar lo de más allá, etc.

Es algo similar al famoso "balance y proyección" de la militancia, pero personal. No puede escribirse o sistematizarse y no tiene un determinado tiempo de duración porque eso depende de cuánto se transforme y cuánto orgullosamente se reafirme.

Es complejo, muchas veces repercute para mal en el estado de ánimo porque genera "confusiones" que complican la vida cotidiana. No porque sean negativas o eternas, sino porque son eso, confusiones, incertidumbres.

Hablaba de mí, porque las confusiones y la inestabilidad a mí me generan inseguridades nada agradables, pero bueno, necesarias.

Atravieso ese momento, afecta mi estado de ánimo. Sin embargo, me siento algo feliz por ver cuánto de todo lo que se pone en juego deseo que perdure.