"Maestros enseñen a los Niños a ser PREGUNTONES para que pidiendo el POR QUÉ de lo que se les manda hacer, se acostumbren a obedecer a la RAZÓN! No a la AUTORIDAD como los LIMITADOS. Ni a la COSTUMBRE, como los ESTÚPIDOS” Simón Rodriguez
Yo no tengo forma de agradecer y retribuir a mis maestros, no tengo forma
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sábado, 11 de septiembre de 2010
lunes, 30 de agosto de 2010
Usted sabe, que a mí me gustan muuuuuchas cosas.
Me gustan las charlas terapéuticas con mi hermana o con amigas, a la madrugada, en la cocina, fumando cigarrillos y tomando mate.
Me gustan los hombres.
Me gustan los bebés y los niños.
Me gustan las reuniones de mi familia numerosa.
Me gustan las tardes al aire libre con áaaaarboles y pastito.
Me gusta la playa, de noche.
Me gusta el teatro.
Me gustan las utopías, que sirven para caminar.
Me gusta la militancia de base.
Me gusta la docencia.
Me gustan las marchas.
Me gustan los sueños.
Me gusta la juventud, y me emociona.
Me gusta dejar pasar el tiempo y recordar cómo era antes.
Me gusta extrañar un poquito.
Me gustan mis padres, y sus historias.
Me gusta confiar.
Me gusta que confíen en mí.
Me gusta tener cerca a la gente linda.
Me gusta estar prevenida a veces.
Me gusta la primavera.
Me gusta cuando me cuidan.
Me gusta analizar mis sueños.
Me gusta escribir.
Me gusta hacerme la justiciera.
Me gusta leer hasta las tantas.
Me gusta el cine.
Me gustan las lapiceras de pluma.
Me gusta la música.
Me gusta la revolución en todos los órdenes (en las plazas, en las casas y en las camas).
Me gusta la casa para mí sola.
A mí me gusta la libertad.
Me gustan los hombres.
Me gustan los bebés y los niños.
Me gustan las reuniones de mi familia numerosa.
Me gustan las tardes al aire libre con áaaaarboles y pastito.
Me gusta la playa, de noche.
Me gusta el teatro.
Me gustan las utopías, que sirven para caminar.
Me gusta la militancia de base.
Me gusta la docencia.
Me gustan las marchas.
Me gustan los sueños.
Me gusta la juventud, y me emociona.
Me gusta dejar pasar el tiempo y recordar cómo era antes.
Me gusta extrañar un poquito.
Me gustan mis padres, y sus historias.
Me gusta confiar.
Me gusta que confíen en mí.
Me gusta tener cerca a la gente linda.
Me gusta estar prevenida a veces.
Me gusta la primavera.
Me gusta cuando me cuidan.
Me gusta analizar mis sueños.
Me gusta escribir.
Me gusta hacerme la justiciera.
Me gusta leer hasta las tantas.
Me gusta el cine.
Me gustan las lapiceras de pluma.
Me gusta la música.
Me gusta la revolución en todos los órdenes (en las plazas, en las casas y en las camas).
Me gusta la casa para mí sola.
A mí me gusta la libertad.
martes, 27 de abril de 2010
Me han enseñado.
Me han enseñado que arriesgarse a vivirlo es mejor que quedarse con la duda.
En el amor, nunca lo apliqué.
En su momento era una absoluta inexperta, ahora, una absoluta con tips.
Cuando me enamoré por primera vez tenía 12 años, un cuerpo en plena revolución y una ternura pendiente. Sueños, aspiraciones. Empezaban a gestarse mis ideales, empezaba a ser yo con todas mis situaciones. Pero no lo era aún.
Buscaba lugares para canalizar las luchas de mis hormonas y papel y pluma para empezar a escribir lo que terminaron siendo ensayos de la vida misma.
Comencé un taller literario donde conocí a alguien que tenía mi edad, mis sueños y sus egos. Alguien que disponía de todo mi tiempo y fue, por años, dueño de mis mejores sonrisas.
Siendo una petisa cambiante en todo sentido, que apenas comenzaba a experimentar lo que es hoy mi relación con la escritura, decidí, o decidió mi cuerpo; no arriesgarme.
A mis 16, poco hace que me desligué y puse los pies sobre la tierra, y eso no lo determinó que dejara de quererlo (también), sino saber que ese amor hippie chik no es lo que quiero para mí.
Llegando a los 17 estoy ahora. No tan lejos de ese primer amor. Sí muy lejos de esos 12.
Sé lo que quiero para mí.
Mi cuerpo tiene forma de pera para siempre.
Mi ternura tiene sus tiempos y sus revelaciones.
Aquellos sueños y aspiraciones son hoy mi militancia.
Hoy soy yo y todas mis situaciones. Ésta seré por muchos años.
Hoy conozco mis metas más allá de hoy.
Hoy mi escritura es mi catarsis. El teatro mi terapia. La militancia mis ilusiones. La historia mis fundamentos.
Y sí. Hoy. Tengo miedo de volver a enamorarme.
En el amor, nunca lo apliqué.
En su momento era una absoluta inexperta, ahora, una absoluta con tips.
Cuando me enamoré por primera vez tenía 12 años, un cuerpo en plena revolución y una ternura pendiente. Sueños, aspiraciones. Empezaban a gestarse mis ideales, empezaba a ser yo con todas mis situaciones. Pero no lo era aún.
Buscaba lugares para canalizar las luchas de mis hormonas y papel y pluma para empezar a escribir lo que terminaron siendo ensayos de la vida misma.
Comencé un taller literario donde conocí a alguien que tenía mi edad, mis sueños y sus egos. Alguien que disponía de todo mi tiempo y fue, por años, dueño de mis mejores sonrisas.
Siendo una petisa cambiante en todo sentido, que apenas comenzaba a experimentar lo que es hoy mi relación con la escritura, decidí, o decidió mi cuerpo; no arriesgarme.
A mis 16, poco hace que me desligué y puse los pies sobre la tierra, y eso no lo determinó que dejara de quererlo (también), sino saber que ese amor hippie chik no es lo que quiero para mí.
Llegando a los 17 estoy ahora. No tan lejos de ese primer amor. Sí muy lejos de esos 12.
Sé lo que quiero para mí.
Mi cuerpo tiene forma de pera para siempre.
Mi ternura tiene sus tiempos y sus revelaciones.
Aquellos sueños y aspiraciones son hoy mi militancia.
Hoy soy yo y todas mis situaciones. Ésta seré por muchos años.
Hoy conozco mis metas más allá de hoy.
Hoy mi escritura es mi catarsis. El teatro mi terapia. La militancia mis ilusiones. La historia mis fundamentos.
Y sí. Hoy. Tengo miedo de volver a enamorarme.
domingo, 25 de abril de 2010
Usted sabe. Como es esto.
Me picó ese bichito que no te deja hasta que no agarrás pluma y papel y te ponés a escribir.
¿Y saben qué? Escribir para canalizar una inmensa felicidad. Una felicidad en un mundo cruel, doloroso e injusto; la felicidad de una lucha digna, un amor incomparable y un tiempo a favor.
Una felicidad que últimamente me da pocos respiros, digo, pocos momentos amargos.
Y una felicidad que, como si no alcanzara con lo anterior, me llegó a tiempo. Bueno, para algunos muy temprano, pero prefiero eso a que llegue tarde. Y digo que llegó a tiempo porque a mis cortos 16 años sé lo que quiero para mi vida, para mis pares y para mis hijos.
Creo que sería muy larga la lista de esos señores que construyen mi felicidad. En resumen; familia, amigxs y amigxs y compañerxs de militancia.
A mi familia, sobre todo a mis mayores, les debo las huellas que me han dejado, la libertad que siempre me dieron, los sueños que protegieron, las iniciativas que alentaron. A mis pares les debo un camino que, sobre todo hoy, estamos haciendo juntos. Una infancia llena de risas, meriendas en lo de la abuela y algún que otro porrazo; que también nos enseñó a no saltar en la cama ni correr muy rápido.
A mis amigxs, bueno, a ellos les debo el apoyo, el respeto por lo mío y la confianza para mostrarme lo suyo. Les debo su preocupación y ocupación por mis miedos, por mis sueños y algún que otro reto en el momento indicado.
A compañerxs de militancia, a ellos les debo los cálidos espacios, el lugar que me dieron y las amistades que encontré. Les debo el amor por esto que, sabemos, es nuestra vida y nuestro futuro. Les debo el tiempo, las historias que me contaron y las marcas que me dejaron. Los ejemplos. Y los sueños.
A todos, les debo la paciencia ante los errores.
Y a todos. La confianza.
¿Y saben qué? Escribir para canalizar una inmensa felicidad. Una felicidad en un mundo cruel, doloroso e injusto; la felicidad de una lucha digna, un amor incomparable y un tiempo a favor.
Una felicidad que últimamente me da pocos respiros, digo, pocos momentos amargos.
Y una felicidad que, como si no alcanzara con lo anterior, me llegó a tiempo. Bueno, para algunos muy temprano, pero prefiero eso a que llegue tarde. Y digo que llegó a tiempo porque a mis cortos 16 años sé lo que quiero para mi vida, para mis pares y para mis hijos.
Creo que sería muy larga la lista de esos señores que construyen mi felicidad. En resumen; familia, amigxs y amigxs y compañerxs de militancia.
A mi familia, sobre todo a mis mayores, les debo las huellas que me han dejado, la libertad que siempre me dieron, los sueños que protegieron, las iniciativas que alentaron. A mis pares les debo un camino que, sobre todo hoy, estamos haciendo juntos. Una infancia llena de risas, meriendas en lo de la abuela y algún que otro porrazo; que también nos enseñó a no saltar en la cama ni correr muy rápido.
A mis amigxs, bueno, a ellos les debo el apoyo, el respeto por lo mío y la confianza para mostrarme lo suyo. Les debo su preocupación y ocupación por mis miedos, por mis sueños y algún que otro reto en el momento indicado.
A compañerxs de militancia, a ellos les debo los cálidos espacios, el lugar que me dieron y las amistades que encontré. Les debo el amor por esto que, sabemos, es nuestra vida y nuestro futuro. Les debo el tiempo, las historias que me contaron y las marcas que me dejaron. Los ejemplos. Y los sueños.
A todos, les debo la paciencia ante los errores.
Y a todos. La confianza.
domingo, 14 de marzo de 2010
El Club de la Pelea.
En los últimos días llegué a una conclusión que en parte me sirvió, pero es muy dura. Empecemos por el principio.
1º Postal.
Un compañero del colegio estuvo varios días charlando con otros pibes sobre un intento de robo que había vivido. Un pibe (no sabe si era o no menor, pero era joven), apuntándole con una 22, le quiso robar. Por suerte o por desgracia, lo pudo reducir. Cuando lo tenía tirado, le dio tres veces la cabeza contra el piso; no le siguió pegando porque un adulto que estaba presente no se lo permitió, si no, según él, “lo mataba”.
Nota: la 22 estaba numerada, ergo, era de la policía (¡oh! Sorpresa).
Tuve la discusión convencional con mi compañero, a cerca de la crueldad de tener a un pibe en el piso y jactarse de haber podido matarlo, y asegurar que lo hubiera hecho. Pero además, mi compañero sostenía que “éste seguro era el hijo del puntero político del barrio”. Claro, como si un puntero político se expusiera y expusiera a su hijo mandándolo a robar de esa manera. La corrupción del puntero es mucho más implícita, perversa y premeditada que la de este pobre pibe.
2º Postal.
Otra compañera del colegio, me contó, horrorizada y al borde de las lágrimas por la crueldad de la policía y de su propia familia, otra situación similar a la anterior.
A Un pariente cercano, le robaron la campera y otras pertenencias cuando estaba por llegar a su casa. Cuando llegó, se lo contó a su familia y salieron a buscar al ladrón con un machete y un palo con dos clavos. Cuando lo encontraron, el pibe que había sido robado estuvo a punto de pegarle con uno de los palos, pero al parecer sintió mucha pena por ese chico. Así que él y su familia sólo lo redujeron.
En ese momento pasó un patrullero que (¡oh! Sorpresa), tenía todas las pertenencias que habían sido robadas. Versión de uniforme: se las sacaron al pibe porque sabían que no eran suyas, pero no se lo podían llevar porque era menor.
Cuando los dos canas se acercaron al ladrón, le empezaron a pegar y, con sus botas, a apretarle la cabeza contra el cordón. Cuando mi amiga me contó esto, éramos las dos las que estábamos al borde de las lágrimas.
3º Postal:
Hace varios meses, en mi barrio, asaltaron un locutorio. Los negocios vecinos se dieron cuenta e inmediatamente fueron a defender al dueño y a sus hijos. Sacaron al ladrón al medio de la calle y le empezaron a pegar junto con algunos vecinos que se sumaban y otros que miraban y comentaban. Mi vieja volvía de trabajar y no pudo creer lo que vio. Gente de 30 años para arriba, pegándole a un pibe de no más de 16. Les pidió que por favor lo dejaran, y después de algunas puteadas al pibe y a mi mamá, se fueron yendo y lo dejaron tirado. Mi vieja, claro está, llamó a la ambulancia.
4º Postal.
También hace unos meses, dos pibes trataron de entrar (cuando entraba su mamá) a la casa de una compañera del colegio. Justo pasaban en auto dos vecinos, pararon y se bajaron. A los dos pibes que intentaban robar los cagaron a palos entre ellos y otros del barrio. Llamaron a la policía, y cuando llegó, palabras textuales del uniformado (según mi compañera): “síganles dando, total no los podemos llevar”, mientras jugaban a trabar y destrabar la hitaca.
Nota: el objetivo de los cuatro relatos es, en parte, explicar de qué manera reflexioné y llegué a la conclusión. No es, bajo ningún concepto, el morbo o el regocijo.
Conclusión.
Es increíble hasta qué punto ha llegado la perversión. Hasta dónde nos hemos rebajado como sociedad. Cómo descargamos nuestra bronca de siglos de ser explotados, en un pibe, un pibe que no tiene la culpa, que la culpa es nuestra, carajo.
El “yo no soy culpable de la vida que le tocó”, el “algo habrá hecho, en algo anda”, el “yo lo golpeo porque él no hubiera tenido problema de matarme”, el “hay policías buenos”, el “no se puede vivir, nos están matando a todos”. Son frases. Entre otras. Que nos lastiman.
Solía sentir vergüenza, mucha vergüenza de mi sociedad y de mí como sujeto de ella. Ahora también siento pena. Por esos vecinos, a los que les hacen creer que golpear a esos chicos, a sus hijos generacionalmente hablando, es hacer justicia.
Nota: hasta qué punto justificamos a las víctimas. Luciano Arruga fue torturado dentro de un destacamento, Vanesa Orieta (su hermana) y todos nosotros, sabemos quiénes son esos hijos de puta y dónde trabajan (sí, están trabajando). Vanesa no fue a lincharlos.
1º Postal.
Un compañero del colegio estuvo varios días charlando con otros pibes sobre un intento de robo que había vivido. Un pibe (no sabe si era o no menor, pero era joven), apuntándole con una 22, le quiso robar. Por suerte o por desgracia, lo pudo reducir. Cuando lo tenía tirado, le dio tres veces la cabeza contra el piso; no le siguió pegando porque un adulto que estaba presente no se lo permitió, si no, según él, “lo mataba”.
Nota: la 22 estaba numerada, ergo, era de la policía (¡oh! Sorpresa).
Tuve la discusión convencional con mi compañero, a cerca de la crueldad de tener a un pibe en el piso y jactarse de haber podido matarlo, y asegurar que lo hubiera hecho. Pero además, mi compañero sostenía que “éste seguro era el hijo del puntero político del barrio”. Claro, como si un puntero político se expusiera y expusiera a su hijo mandándolo a robar de esa manera. La corrupción del puntero es mucho más implícita, perversa y premeditada que la de este pobre pibe.
2º Postal.
Otra compañera del colegio, me contó, horrorizada y al borde de las lágrimas por la crueldad de la policía y de su propia familia, otra situación similar a la anterior.
A Un pariente cercano, le robaron la campera y otras pertenencias cuando estaba por llegar a su casa. Cuando llegó, se lo contó a su familia y salieron a buscar al ladrón con un machete y un palo con dos clavos. Cuando lo encontraron, el pibe que había sido robado estuvo a punto de pegarle con uno de los palos, pero al parecer sintió mucha pena por ese chico. Así que él y su familia sólo lo redujeron.
En ese momento pasó un patrullero que (¡oh! Sorpresa), tenía todas las pertenencias que habían sido robadas. Versión de uniforme: se las sacaron al pibe porque sabían que no eran suyas, pero no se lo podían llevar porque era menor.
Cuando los dos canas se acercaron al ladrón, le empezaron a pegar y, con sus botas, a apretarle la cabeza contra el cordón. Cuando mi amiga me contó esto, éramos las dos las que estábamos al borde de las lágrimas.
3º Postal:
Hace varios meses, en mi barrio, asaltaron un locutorio. Los negocios vecinos se dieron cuenta e inmediatamente fueron a defender al dueño y a sus hijos. Sacaron al ladrón al medio de la calle y le empezaron a pegar junto con algunos vecinos que se sumaban y otros que miraban y comentaban. Mi vieja volvía de trabajar y no pudo creer lo que vio. Gente de 30 años para arriba, pegándole a un pibe de no más de 16. Les pidió que por favor lo dejaran, y después de algunas puteadas al pibe y a mi mamá, se fueron yendo y lo dejaron tirado. Mi vieja, claro está, llamó a la ambulancia.
4º Postal.
También hace unos meses, dos pibes trataron de entrar (cuando entraba su mamá) a la casa de una compañera del colegio. Justo pasaban en auto dos vecinos, pararon y se bajaron. A los dos pibes que intentaban robar los cagaron a palos entre ellos y otros del barrio. Llamaron a la policía, y cuando llegó, palabras textuales del uniformado (según mi compañera): “síganles dando, total no los podemos llevar”, mientras jugaban a trabar y destrabar la hitaca.
Nota: el objetivo de los cuatro relatos es, en parte, explicar de qué manera reflexioné y llegué a la conclusión. No es, bajo ningún concepto, el morbo o el regocijo.
Conclusión.
Es increíble hasta qué punto ha llegado la perversión. Hasta dónde nos hemos rebajado como sociedad. Cómo descargamos nuestra bronca de siglos de ser explotados, en un pibe, un pibe que no tiene la culpa, que la culpa es nuestra, carajo.
El “yo no soy culpable de la vida que le tocó”, el “algo habrá hecho, en algo anda”, el “yo lo golpeo porque él no hubiera tenido problema de matarme”, el “hay policías buenos”, el “no se puede vivir, nos están matando a todos”. Son frases. Entre otras. Que nos lastiman.
Solía sentir vergüenza, mucha vergüenza de mi sociedad y de mí como sujeto de ella. Ahora también siento pena. Por esos vecinos, a los que les hacen creer que golpear a esos chicos, a sus hijos generacionalmente hablando, es hacer justicia.
Nota: hasta qué punto justificamos a las víctimas. Luciano Arruga fue torturado dentro de un destacamento, Vanesa Orieta (su hermana) y todos nosotros, sabemos quiénes son esos hijos de puta y dónde trabajan (sí, están trabajando). Vanesa no fue a lincharlos.
lunes, 1 de marzo de 2010
La Murga.

La murga es una de las más hermosas expresiones humanas, tal vez mucho más allá de su valor artístico (no porque no lo tenga para mí, pero ha sido y es muy criticada y cuestionada). La murga es divertida, masiva, popular, representativa, histórica, la murga es milenaria y mística; y maravillosa.
La murga habla con y por todos; es fuerte, es conmovedora, es alegre pero esconde miles de años de sueños perdidos y comunidades maltratadas.
El murguero sale a la calle con un corazón triste a gritar las verdades de los pobres (desde los pobres de comida, pasando por los pobres de salud, de cariño, de tierra, de trabajo, de libros, de zapatillas, y otros, hasta los pobres de alma).
El murguero pone el pecho, copa los espacios públicos y expropia aquello de lo que nos han privado (y lo que han privatizado). Llena de alegría nuestros corazones que sangran por la injusticia y a veces nos da escalofríos, nos canta tantas verdades juntas...
La murga y el murguero tienen vida propia y nos llenan de vida a nosotros. Nos quitan la tristeza y nos quitan, en un baile, todas las penas.
¡RUBÉN CARBALLO PRESENTE! ¡AHORA Y SIEMPRE!
La murga habla con y por todos; es fuerte, es conmovedora, es alegre pero esconde miles de años de sueños perdidos y comunidades maltratadas.
El murguero sale a la calle con un corazón triste a gritar las verdades de los pobres (desde los pobres de comida, pasando por los pobres de salud, de cariño, de tierra, de trabajo, de libros, de zapatillas, y otros, hasta los pobres de alma).
El murguero pone el pecho, copa los espacios públicos y expropia aquello de lo que nos han privado (y lo que han privatizado). Llena de alegría nuestros corazones que sangran por la injusticia y a veces nos da escalofríos, nos canta tantas verdades juntas...
La murga y el murguero tienen vida propia y nos llenan de vida a nosotros. Nos quitan la tristeza y nos quitan, en un baile, todas las penas.
¡RUBÉN CARBALLO PRESENTE! ¡AHORA Y SIEMPRE!
sábado, 27 de febrero de 2010
En el tiempo que nos queda *
Suele pasar que a uno le escupan algunas (unas cuantas en mi caso) verdades en la cara y que uno no ceda. Que sepamos de forma conciente o inconciente, que absolutamente todo lo que acabamos de escuchar es cierto, y sin embargo no podamos con eso, y nos neguemos rotundamente a reflexionar esos puntos, y si lo hacemos, jamás se lo haremos saber al otro.
Hace unos días estuve en una situación de esas características, ocupando el lugar de la imputada, la soberbia que se niega a escuchar. Milagrosamente escuché, asentí y reflexioné.
Es importante destacar que tengo un orgullo algo más inflado y una incapacidad para callarme y para admitir errores algo mayores que el común de la gente.
Me callé, escuché, reflexioné, pedí disculpas, expuse mis inquietudes, fueron escuchadas.
Me siento mejor.
domingo, 21 de febrero de 2010
Eso. Lo imposible.
Hay momentos en la vida en los que no lográs entender el motivo de nada, aunque tengas una explicación coherente para todo.
Momentos en los que la ira reemplaza o canaliza todos los sentimientos, inclusive los buenos, los de felicidad.
También es posible que el problema en sí sea la paradoja de que tenés todo tan claro que deja de ser creíble y se nubla por completo.
Y entonces, cuando creés que lo tenés todo claro comenzás a ver que no es así, y que en realidad tenés dudas mínimas e insignificantes (por lo menos siempre lo sentiste así) que superan por mucho las dudas existenciales.
Y si tratás de ocultar esas pequeñas dudas, llega un momento en el que es insostenible, y cuando es insostenible, comenzás –de forma irremediable- a dudar de todo.
Y dudar de todo puede ser mucho más peligroso que tener constantemente esas preguntitas (preguntitas que preferiste ocultar) revoloteándote en la cabeza.
Pero en un momento de lucidez (o de confusión) después del ataque de ira, podés comenzar a ver cuáles son esas cosas que no te animaste a preguntarte o a repreguntarte en el momento indicado. Esos impulsos que no frenaste cuando debieras o, peor aún, no te atreviste a obedecer. Esas cosas que no te animaste a decirle, o que le dijiste. Y esa forma, esa maldita forma en que lo/la trataste y que, mejor o peor que la tuya, definitivamente no sentías propia.
Pero qué pasa, qué pasa si esos sanos minutos iracundos anteriores a la milagrosa lucidez, no llegan cuando tienen que llegar, qué si llegan tarde y ya no podés demostrarle que habiéndoselo dicho o no, habiéndote comportado bien o mal; lo que hiciste, sea lo que sea, no es propio de vos y no hay manera de decírselo, o casi no hay manera.
¿Qué pasa, entonces? Lo intentás. Por última vez. Eso. Lo imposible.
Momentos en los que la ira reemplaza o canaliza todos los sentimientos, inclusive los buenos, los de felicidad.
También es posible que el problema en sí sea la paradoja de que tenés todo tan claro que deja de ser creíble y se nubla por completo.
Y entonces, cuando creés que lo tenés todo claro comenzás a ver que no es así, y que en realidad tenés dudas mínimas e insignificantes (por lo menos siempre lo sentiste así) que superan por mucho las dudas existenciales.
Y si tratás de ocultar esas pequeñas dudas, llega un momento en el que es insostenible, y cuando es insostenible, comenzás –de forma irremediable- a dudar de todo.
Y dudar de todo puede ser mucho más peligroso que tener constantemente esas preguntitas (preguntitas que preferiste ocultar) revoloteándote en la cabeza.
Pero en un momento de lucidez (o de confusión) después del ataque de ira, podés comenzar a ver cuáles son esas cosas que no te animaste a preguntarte o a repreguntarte en el momento indicado. Esos impulsos que no frenaste cuando debieras o, peor aún, no te atreviste a obedecer. Esas cosas que no te animaste a decirle, o que le dijiste. Y esa forma, esa maldita forma en que lo/la trataste y que, mejor o peor que la tuya, definitivamente no sentías propia.
Pero qué pasa, qué pasa si esos sanos minutos iracundos anteriores a la milagrosa lucidez, no llegan cuando tienen que llegar, qué si llegan tarde y ya no podés demostrarle que habiéndoselo dicho o no, habiéndote comportado bien o mal; lo que hiciste, sea lo que sea, no es propio de vos y no hay manera de decírselo, o casi no hay manera.
¿Qué pasa, entonces? Lo intentás. Por última vez. Eso. Lo imposible.
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