Mostrando entradas con la etiqueta cuaderno. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuaderno. Mostrar todas las entradas

lunes, 13 de diciembre de 2010

Lo demás vendrá solito...

Qué sano es escribir, ¿verdad? Escribir en cualquier lado y situación. Tomarse el tiempo a veces, o quitarle tiempo a cositas menores, para escribir. Y canalizar. Canalizar iras, angustias, alegrías, insomnios, conmociones, emociones, sueños, utopías, nervios. Y canalizar. Que todo aquel que sea devoto de la escritura lo sabe, una puede caerse de sueño pero si tiene que decirse algo, decirte algo, no se duerme.

En cursiva, en imprenta, lápiz, lapicera, fibrón, pluma, cuaderno, hoja suelta, apunte, libro, boleto, servilleta. Escribir es un hábito que, creo y espero, no perderé nunca. Porque todo aquello que quiera decir y mi personalidad o mi entorno no me permitan, lo escribiré. Y algunos de mis textos serán publicados e intentarán ser comunicadores de ideas. Otros podrán ser leídos por unos pocos. Y otros, los más, serán releídos y reformados, o no, por mí dentro de unos años, meses, semanas, días.

Y traerán risas o llantos; pero seguro también recuerdos, nostalgias de tiempos lindos y feos, imágenes, sensaciones, olores. Y, creo, eso es lo más valioso de la escritura, lo que más me fascina. Transmitir a usted, o a mí misma, o a ambos. Generar una inquietud, una idea, un objetivo, una alegría y, si es necesario, una incomodidad. Esa incomodidad que genera el replanteo. De quién soy, por quiénes soy y por quiénes quiero ser. A quiénes quiero dejar ser

Y una se va perfeccionando con los años de escritura. Claramente no estoy diciendo que escriba mejor. Pero sí creo descubrir formas de escritura con las que me siento más cómoda. Sí formas con las que tal vez, creo, algún lector puede sentirse más cómodo. Verá usted, si no escribe, que lindo es escribir.

Y releer los primeros textos. Esos de mis 12 años, perdidamente enamorada. O los de los 14, increíblemente confundida pero también motivada. O los 16, a penas una hacedora de los sueños que algún día tendré suficiente coraje para cumplir. Y los 17, ensayísticos, experimentadores y expectantes de esa etapa nueva. Que me han ayudado a comprenderme en mis situaciones. Y viera usted todo lo que una aprende de una cuando escribe, todo lo que aprende a expresar sus emociones sin revelar aquello que no quiera, pero haciéndose comprender.

Cuando acompaña el mate, alguna comida, algún cigarrillo, algún tiempo. Ese traicionero pero anticipado tiempo. Alguna idea previa, como un boceto mental. Y hojas y lapicera. Que no se acaben, que no falten, que una se desespera y es capaz de escribir la pared limpita y bien pintada.

Hay que intentarlo, en los primeros textos seguramente canalizará pero tal vez no comunique. Y ahí, sobre la marcha, con tiempo y paciencia, empezará a sentirse una comunicadora, un comunicador. Esa es la gracia real de la escritura.

También tendrá oportunidad de recibir críticas, y créame que alguna -por constructiva o destructiva- le abrirá o romperá el corazón. Y en cualquiera de los dos casos habrá que empezar de nuevo, pero no de cero.

Y como si una cosa fuera la otra, escribir lo o la llevará a leer. Leerse primero a usted misma o mismo. Y después a otros y otras que escriban parecido. Y después a otros y otras que escriban distinto.

Y podrá robarse técnicas. Acortar o alargar párrafos y oraciones. Quitar y reponer conectores. Perfeccionar ortografía y gramática. También aprenderá a llegarle a quien conozca, y podrá decepcionar a unos cuantos, y tal vez, quién dice, se sentirá orgullosa u orgulloso de esas decepciones. Pero no vaya a creer que robar técnicas es malo. Porque cuando descubra las suyas propias y las vea en textos ajenos -salvando, claro, que sean fieles copias- se sentirá feliz y eficiente de su escritura.

Lo demás vendrá solito, y verá que es maravilloso.

domingo, 25 de abril de 2010

Usted sabe. Como es esto.

Me picó ese bichito que no te deja hasta que no agarrás pluma y papel y te ponés a escribir.

¿Y saben qué? Escribir para canalizar una inmensa felicidad. Una felicidad en un mundo cruel, doloroso e injusto; la felicidad de una lucha digna, un amor incomparable y un tiempo a favor.

Una felicidad que últimamente me da pocos respiros, digo, pocos momentos amargos.

Y una felicidad que, como si no alcanzara con lo anterior, me llegó a tiempo. Bueno, para algunos muy temprano, pero prefiero eso a que llegue tarde. Y digo que llegó a tiempo porque a mis cortos 16 años sé lo que quiero para mi vida, para mis pares y para mis hijos.

Creo que sería muy larga la lista de esos señores que construyen mi felicidad. En resumen; familia, amigxs y amigxs y compañerxs de militancia.

A mi familia, sobre todo a mis mayores, les debo las huellas que me han dejado, la libertad que siempre me dieron, los sueños que protegieron, las iniciativas que alentaron. A mis pares les debo un camino que, sobre todo hoy, estamos haciendo juntos. Una infancia llena de risas, meriendas en lo de la abuela y algún que otro porrazo; que también nos enseñó a no saltar en la cama ni correr muy rápido.

A mis amigxs, bueno, a ellos les debo el apoyo, el respeto por lo mío y la confianza para mostrarme lo suyo. Les debo su preocupación y ocupación por mis miedos, por mis sueños y algún que otro reto en el momento indicado.

A compañerxs de militancia, a ellos les debo los cálidos espacios, el lugar que me dieron y las amistades que encontré. Les debo el amor por esto que, sabemos, es nuestra vida y nuestro futuro. Les debo el tiempo, las historias que me contaron y las marcas que me dejaron. Los ejemplos. Y los sueños.

A todos, les debo la paciencia ante los errores.
Y a todos. La confianza.

jueves, 21 de enero de 2010

Para que se lo vean.

Si a mí, Rosaura Barletta, me preguntan qué odio sobremanera, seguramente voy a pensar en muchas situaciones, pero ahora, ya, detesto profundamente la campaña mediática y social contra la juventud.

Se manifiesta haciendo mención a los jóvenes que cometen delitos (acompañado de la campaña latente por la baja de edad de imputabilidad), a las tribus urbanas, a la violencia entre adolescentes, al consumo de alcohol y drogas, la holgazanería, la adicción al paco y demás problemáticas cuya responsabilidad radica básicamente en los adultos.

Me enerva que los adultos hablen de nosotros como si fuésemos entes, personas del otro bando, otro idioma o inútiles improductivos y por sobre todas las cosas, culpables de todos los males de la humanidad.

Pero más aún que el odio generalizado de los adultos, mucho más, me enerva que los jóvenes repitan ese discurso criticando a sus propios pares, como si fueran inalienados, o eximidos de ese grupo de mogólicos en masa.

Me pregunto si en las generaciones anteriores también fue así, y tiendo a pensar que, no de la misma forma, pero sí; y entonces no puedo entender por qué los jóvenes de ayer repiten esa parafernalia imbécil si también la padecieron en su momento, y se me cruza la idea de si yo haré lo mismo.

Prometo, aquí y ahora y para siempre, teniendo en cuenta que mi generación posterior (a nivel familiar) ya comenzó con mi sobrino Luca; prometo, que en mi adultez NO voy a ser cómplice de la campaña para bajar el autoestima y las ilusiones de los jóvenes que vendrán. HE DICHO.